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ELLA.
Con los primeros albores de la madrugada,
despertaba de sus sueños quejándose de interrumpirlos
y ya ni siquiera tenía buenos despertares, pues ella ya no estaba a su lado. Hastiado de su vida monótona, tan sólo quería soñar para que el tiempo se desvaneciese rápido, sabiendo que nunca más podría hacerlo retroceder.
Con su cuerpo desencajado y su cuerpo maltrecho acudía al baño como un zombi para remojar su cara y poder abrir los ojos, aunque no le apeteciera mucho. Ponía la cafetera al fuego, mientras se vestía lentamente. Las resacas eran mortales tras la cantidad de alcohol que se metía en el cuerpo pensando que así la olvidaría antes.
Se dirigía a trabajar como todos los días con su faz de enojo, desde que ella se fuera su vida era rancia, no tenía ilusiones ni ganas de vivir, se había apartado de sus amigos, no levantaba la vista del suelo, se había encerrado en si mismo intentando encontrar el motivo por los que ella había decidido abandonarlo.
Con gran esfuerzo superaba los duros días en la mina, donde rogaba a Dios que un desprendimiento de rocas se lo llevará al otro mundo. Estaba sólo y su pensamiento siempre estaba con ella.
Y llegaba la noche, se sentaba en su desvencijado sofá y llenaba su vaso de whisky barato, se lo bebía de un trago, uno tras otro, hasta que terminaba con la botella. Su vista no se apartaba de la puerta y su mente la recordaba como la última noche que estuvieron juntos, antes de que ella se marchara para siempre.
Ella era todo lo que un hombre podía desear en una mujer, con unas curvas que hubiesen hecho babear a cualquiera, sus voluptuosos pechos, sus piernas infinitas, su pelo lacio cayendo libre hasta casi sus caderas, pero aparte de su aspecto físico era dulce, salvaje, provocativa, sutil para conseguir todo lo que se proponía y no dudaba en sacar sus armas para convencerle, pero su carácter machista, sus celos imposibles, acabaron con la única decisión que ella podía tomar, jamás seria feliz con un tipo así y aquel día en que ya había tomado la decisión de marcharse, le ofreció una última noche, pero no se lo dijo. Le espero a que llegase de trabajar, le preparó un baño con esencias de rosas y mientras el se baño plácidamente, ella termino de preparar la cena. Había puesto la mesa poniendo atención en todos los detalles para que no faltará de nada, los cubiertos estaban ordenados, las servilletas bien dobladas, dos copas de vino de cristal d´Arques, una botella de vino de una afamada marca “Perrier Jouët “ por la cual había pagado una fortuna y un candelabro con una única vela que desprendía un suave olor a vainilla. Había pasado toda la tarde cocinando un cordero a la miel, receta que le pasó su madre, porque la cocina no era lo suyo y de postre preparo tiramisú. Estaba todo a punto cuando él entro en el comedor, vestido con la ropa que ella le había preparado. Se sentó en la silla que acostumbraba hacerlo y espero a que ella apareciera, tardó unos cinco minutos en asomar por la puerta que daba al comedor y cuando lo hizo, él la observo de arriba a bajo, se había recogido el pelo con una pinza, sus hombros desnudos, sus pechos estaban oprimidos por un corsé negro de piel, sus braguitas de encaje completamente negras, en su cintura un liguero que sujetaba las medias que le llegaban a la entrepierna y unos zapatos con un súper tacón. Los ojos de él la miraban atónitos, su mente le hablaba en silenció diciéndole que apartará todos los utensilios que habían en la mesa, la agarrase con fuerza y la tumbará allí para follarla frenéticamente, pero ella se sentó a cenar con una tranquilidad abrumadora sabiendo que él se deshacía en deseo, pero tenía que aguantar, ese era el plan.Cenaron sin casi hablar el uno con el otro, mientras las piernas de él buscaban las de ella, que se descalzo y con el pie busco el bulto de su entrepierna y allí lo situó para rozarlo suavemente mientras no perdía detalle de su rostro, sus facciones le indicaban cuanto le gustaba aquello. De repente paro, se colocó el zapato y se levantó retirando los platos para sacar el postre. El la hubiese seguido, pero ella parecía tan fría, tan distante. Regreso enseguida con el tiramisú y se acerco, lo dejo encima de la mesa y se aproximo a él, lo suficiente para desabrocharle la camisa, se la quito. Unto su pecho con el tiramisú y empezó a devorarlo, mientras él atónito se dejaba hacer. Desabrochó el pantalón para liberar de su cautiverio aquel bicho que crecía a pasos agigantados, lo cogió con su mano mientras con la otra cogía otro trozo de tiramisú y lo restregaba por su verga para continuación, lamerlo, saboreando aquella delicia que sabía que tanto placer le daba. Lo metió en su boca y estuvo largo rato jugando con el, hasta que él la hizo parar. Se levanto y de un manotazo limpió la mesa le dio la vuelta y la empujó hacia ella, le bajo las bragas de encaje y le paso los dedos notando la humedad y se dispuso a penetrarla con la pasión que de él surgía, lentamente entró y empezó acompasadamente a acelerar sus movimientos, mientras ella gemía, agarrándose fuertemente a la mesa. El se detuvo y le hizo dar la vuelta y acerco su boca a su coño para lamerlo, explorando los recovecos más placenteros que ella escondía, los gritos de deseo no se hicieron de esperar y cuando él sintió que ella no aguantaría más, paro para volverla a penetrar, sus manos buscaron sus pechos, sus labios se adentraron en su boca y los movimientos se aceleraron, dejando paso a los gritos que sólo se producen cuando el placer es máximo. El saco su polla dejando fluir el liquido por la entrepierna de ella, exhausto se tumbo a su lado con la respiración entrecortada y muy relajados.
Al día siguiente cuando él despertó, ella ya no estaba. Se había ido para siempre dejándole un buen recuerdo que a él lo mato lentamente.
Vermella.

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